CAPÍTULO 1: NO ELEGISTE NACER
PODCAT
Facundo Cabral dijo: “Cosa extraña es el hombre: nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere”. Tal vez lo más extraño no sea eso, sino que teniendo al alcance la posibilidad de comprenderse a sí mismo, de encontrar a su Creador y de esculpir su destino, siga esperando.
Permitámonos hacer un breve recorrido por algunos escenarios que marcaron su vida. Entenderlo es fundamental para reencauzar su presente y su destino.
Usted llegó a este mundo sin haberlo elegido. No se le consultó si quería venir a este tiempo, a este país, ni bajo qué circunstancias. No pudo elegir el vientre que lo gestó, ni el linaje que corre por sus venas, ni el rostro que le devuelve el espejo cada mañana. Su nombre fue decidido por otros. Sus rasgos físicos, su estatura, el color de sus ojos, la forma de sus manos, todo fue trazado sin pedirle permiso. Simplemente abrió los ojos y ya estaba aquí, arrojado a una historia que no escribió, dentro de un cuerpo que no diseñó, atado a una identidad que no negoció.
Tampoco eligió su sociedad ni su cultura. Le entregaron una lengua, unas costumbres, una forma de entender el mundo como un paquete cerrado. Le enseñaron qué estaba bien y qué estaba mal antes de que pudiera hacerse las preguntas fundamentales. Le asignaron un estrato socioeconómico, un barrio, un acceso —o la falta de él— a los recursos, y con ello condicionaron buena parte de su destino. Heredó una familia con sus heridas, sus secretos, sus sueños frustrados y sus expectativas sobre usted. Lo amarraron a una historia ajena y le pidieron que la hiciera propia.
Y en la mayoría de los casos, también le impusieron una religión. Le hablaron de un Dios que no conocía, que no había elegido buscar, y le pidieron que creyera en Él. Le enseñaron ritos que no comprendía, fórmulas vacías que repetía por inercia, tradiciones cuyo significado se perdió en los siglos. Le dijeron que ese Dios era cercano, pero cuando intentó hablarle, el silencio fue la única respuesta. Le habló y lo dejaron en visto. Gritó y no le respondieron. Le prometieron una relación viva, pero la comunicación nunca fue fluida: un monólogo frente a un cielo mudo. La religión se quedó corta. No respondió a sus inquietudes más hondas. No le explicó el sufrimiento. Le pidió que confiara, pero lo dejó solo con sus preguntas.
Además de lo anterior, la vida parece injusta, tiene restricciones y fatigas. Cuando salimos del vientre, comienzan las reglas: no toque, no vaya, no mire. Todo parece prohibido. Cuando en casa nos sueltan un poco, la escuela nos esclaviza con estudio intensivo. La mejor época de nuestra juventud se la absorbe el estudio. Allí también despierta la ilusión del amor, acompañada de pasión y, a menudo, de falta de dinero.
Cuando por fin somos profesionales y empezamos a percibir recursos, ya hay que casarse. A trabajar se dijo, combinando el esfuerzo laboral con el estudio para lograr especializaciones, y luego con la crianza de la familia.
Si uno es juicioso y logra una pensión, cuando quiere empezar a disfrutar, la vida ya está desgastada y la salud agotada. Va a un buen restaurante y ya no puede comer lo que quiere: el dulce, la grasa, las harinas, los condimentos, el alcohol… todo le hace daño. Tiene que consumir productos light acompañados de pastillas. Luego, el tiempo se va en citas médicas y exámenes. Más adelante, postrado en una cama, ve cómo otros disfrutan el fruto de sus esfuerzos.
Y al final, aparece la muerte. Hay que partir de este mundo sin saber para dónde vamos, ni qué sigue, ni qué nos espera. La incertidumbre sobre la resurrección, la salvación y la condenación nos agobia.
Pero también hay momentos buenos, alegrías intensas, triunfos que llenan el pecho por un instante. Sin embargo, todo eso es efímero, pasajero; incluso los mayores logros se quedan aquí. Por eso es tan importante lo trascendente y lo eterno. Si hay un más allá, esta vida cobra sentido. Si no lo hay, ni las mejores alegrías logran callar esa pregunta que se asoma en la almohada cuando todo se apaga.
La muerte es ese umbral inevitable que se asoma al final de cada camino. No la pediste, pero está ahí. ¿Qué ocurre después del último suspiro? ¿Desaparecer del todo? ¿Quedar deambulando como un fantasma? ¿O habrá realmente un lugar de confort, bienestar y gloria? Nadie regresó para contarlo. Pero usted no tiene por qué vivir suspendido entre el temor y la esperanza.
¿Cómo es posible que gastemos nuestra existencia en lo efímero sin detenernos a considerar lo que define nuestro destino?
Este libro no es autoayuda, ni tratado académico, ni sermón disfrazado de literatura. Es una convocatoria, un despertar. Una propuesta que cambiará por completo su presente, su futuro y su destino.
Aquí no encontrará respuestas fáciles ni consuelos baratos. Iniciará un viaje que integra argumentos bíblicos, razonamientos lógicos y evidencia científica para responder, con honestidad radical, a las preguntas que siempre se ha hecho:
- ¿De dónde venimos realmente y con qué propósito fuimos enviados aquí?
- ¿Quién es Dios más allá de los ritos que no comprende y del silencio que a veces hiere?
- ¿Por qué existe el sufrimiento y qué papel juega en su vida?
- ¿Qué hay después de la muerte? ¿Desaparecer, deambular sin rumbo… o algo infinitamente más grande que cualquier promesa religiosa?
- Y, sobre todo, ¿cómo puede marcar su destino trascendente desde esta misma existencia, antes de que sea demasiado tarde?
Este es un viaje hacia cinco encuentros esenciales: con Dios, con usted mismo, con la verdad, con el prójimo y con el destino que sí puede elegir. En este primer volumen nos centramos en Dios, uno mismo y la verdad. El encuentro con el prójimo y su desarrollo práctico lo abordaremos en el segundo volumen.
No prometemos un camino cómodo. Pero si llega hasta el final, nada volverá a ser igual.
Su historia no empezó cuando nació. Empieza ahora, en el instante en que toma la decisión de saber quién es y cuál es su destino eterno.
