¿Quién es Dios y quién soy yo?

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CAPÍTULO 6: EL QUE NO AVANZA, RETROCEDE

Así como la creación entera fue diseñada para evolucionar —de lo simple a lo complejo, del mineral al espíritu—, la vida de cada persona está llamada a seguir ese mismo impulso. No somos seres acabados. Somos proyecto, camino, semilla con vocación de árbol. Y aquí se cumple una ley tan antigua como la vida misma: el que no avanza, retrocede. Porque en lo humano, detenerse no existe; quien deja de crecer, empieza a marchitarse.

La primera etapa: el crecimiento que no elegimos

El cuerpo humano tiene, de manera visible, dos grandes momentos. El primero ocurre sin pedirnos permiso. Es la evolución de la materia, y lo sorprendente es que se da de forma involuntaria. Mientras la persona esté viva, durante sus primeros años, su cuerpo crece inevitablemente. Esto no depende de la voluntad: viene inscrito en la programación biológica con la que nacemos.

En la mayoría de los casos, ese proceso nos conduce a una estatura promedio que casi todos alcanzamos hacia el final de la adolescencia o al inicio de la juventud. Existen, por supuesto, excepciones, como cuando hay trastornos de crecimiento que impiden llegar a la talla esperada. Sin embargo, la regla general es bastante uniforme.

Entre los veinte y los veinticinco años aproximadamente, el cuerpo termina de crecer. Allí, el desarrollo físico se detiene: ha cumplido con la primera etapa de su misión. Es como si la tierra hubiera dado ya su fruto en la primera cosecha: la semilla germinó, el tallo se fortaleció y el árbol alcanzó su altura. Ahora no crecerá más en estatura, pero sí puede dar fruto en abundancia.

De la misma manera, el ser humano no está diseñado solo para crecer en lo visible, sino también para florecer en lo invisible. Cuando el cuerpo cierra la puerta de la niñez y la adolescencia, se abre otra: la de la madurez interior, donde ya no se trata de centímetros ni de peso, sino de decisiones, sabiduría y trascendencia.

La Biblia lo dice con claridad: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño” (1 Corintios 13,11). Ese “dejar atrás” no es solo un cambio biológico, sino un llamado espiritual: la invitación a abandonar la inmadurez para abrazar un propósito eterno.

Así como el cuerpo cumple su primera misión al crecer, el alma está llamada a cumplir la suya: buscar el sentido, abrazar la fe, cultivar la esperanza y prepararse para el fruto más alto: la trascendencia.

La transición: señales sociales y personales

Cuando el cuerpo ya terminó su tarea de crecer, llega el momento en que la vida nos pone frente a algo nuevo: nuestras propias decisiones. Ya no es la hormona ni la naturaleza la que manda, sino la libertad de elegir.

Allí aparecen los grandes pasos: decidir si seguimos estudiando o buscamos trabajo, escoger a qué amigos vamos a llamar “cercanos”, y abrirnos a la posibilidad de una pareja. Son momentos en los que cada uno empieza a descubrir que no solo se vive por instinto, sino por opciones que marcan el camino.

Segunda etapa: desarrollo interior, decisiones que construyen destino

Aquí ya no se trata de centímetros ni de músculos, sino de lo invisible: lo que uno va eligiendo por dentro. Cada decisión se convierte en ladrillo para la casa que llamamos vida.

Uno puede decidir perdonar o guardar rencor; ser generoso o vivir encerrado en sí mismo; buscar a Dios o ignorarlo. La verdadera grandeza humana no depende del tamaño del cuerpo, sino de la calidad del corazón.

Y así como en la adolescencia nadie podía evitar que tus huesos crecieran, ahora nadie puede sustituirte en tus elecciones. La madurez se prueba en esas pequeñas y grandes respuestas: estudiar con empeño, cuidar a los amigos que valen la pena, sostener una relación de pareja con respeto y fidelidad, aprender a levantarse después de una caída.

La Biblia nos da una imagen clara: Moisés pudo haberse quedado cómodo en el palacio de Faraón, pero eligió salir y caminar con su pueblo en el desierto. Su cuerpo ya estaba formado, pero su destino se definió en la valentía de una decisión. Así también nosotros: la vida nos da el cuerpo como un regalo, pero la historia la escribimos con nuestras elecciones.

El riesgo del estancamiento: la “bajeza”

No todo el que crece por fuera logra crecer por dentro. Hay quienes, aun teniendo cuerpo de adulto, siguen tomando decisiones de niño o reaccionando como tales. Eso es lo que llamo la “bajeza”: vivir por debajo de la dignidad humana.

Las causas son muchas: algunos arrastran traumas o heridas que nunca se atrevieron a enfrentar; otros fueron golpeados por la violencia o crecieron sin oportunidades; muchos se quedaron atrapados en adicciones o en ambientes que no dejan respirar. No es solo biología ni destino marcado: es multicausal, pero también corregible.

El riesgo está en detenerse o retroceder, como si la vida se hubiera quedado sin motor. Pero la esperanza es clara: ningún ser humano está condenado a permanecer ahí. Siempre se puede despertar, buscar ayuda y elegir de nuevo.

Parecido y diferencia con los animales

Así como los animales no tienen conciencia de Dios ni de lo eterno, de manera semejante aquellos individuos que han retrocedido en su crecimiento interior parecen vivir ajenos a esa dimensión espiritual. Sin embargo, a diferencia de los animales, poseen un espíritu humano: una chispa que puede despertarse en cualquier momento, siempre que su corazón se vuelva sensible. Todo depende de su voluntad y de su anhelo profundo: decidir si desean avanzar hacia lo alto, trascender y seguir evolucionando, o permanecer —e incluso retroceder— hacia condiciones más bajas e inferiores de existencia.

A veces, cuando miramos ciertos comportamientos humanos, parecen un simple reflejo de lo animal: la pelea por territorio, la competencia por dominar, la agresión cuando alguien se siente amenazado. Sí, en la superficie hay semejanzas. Pero la diferencia es radical: el animal actúa por instinto, mientras que el ser humano decide con la razón.

Un león mata para alimentarse y asegurar la supervivencia de su manada; pero el hombre, cuando mata por placer, venganza o codicia, ya no responde a un instinto, sino a una elección. Y allí está la frontera: en la capacidad de elegir y en la responsabilidad de esas decisiones.

Dos niveles de comparación: animalidad y bajeza humana

A primera vista, hay gestos humanos que parecen “animales”: pelear por un territorio, competir por pareja, defender lo propio cuando uno se siente amenazado. En ese primer nivel, el parecido es funcional y comprensible: los animales actúan por instinto. Un león, un tigre o un lobo cazan para comer; un tiburón y un águila atacan para alimentarse; una serpiente muerde para cazar o para defenderse. La vida animal gira en torno a la supervivencia, la reproducción y la conservación del grupo. No hay en el instinto la intención moral que cargamos los humanos.

Pero hay un segundo nivel —y ahí está la gravedad— donde el ser humano puede descender por debajo del animal. Porque el animal, aun en su violencia, suele responder a una necesidad inmediata. El hombre, en cambio, puede infligir daño por maldad, por placer, por venganza, por poder o por lucro. Puede torturar, abusar sexualmente, explotar, traficar, matar por capricho o por interés. Son actos que no tienen lógica de supervivencia, sino de perversión moral.

Ahí la diferencia no es solo de grado: es de sentido. El animal mata para vivir; el hombre puede llegar a matar por maldad.

La degradación sexual: más bajo que lo animal

En la sexualidad también se marca la frontera entre instinto y perversión. Tanto el animal como el hombre sienten la necesidad pasional, pero la manera de vivirla los separa radicalmente.

En el mundo animal, el deseo está regulado por la naturaleza. El macho espera el celo de la hembra; no la acosa si no está lista. No viola, no compra, no engaña. Su impulso se activa en los tiempos marcados por la biología. Además, el cortejo y los estímulos visuales son simples detonantes instintivos: el macho percibe señales corporales —olor, posturas, exposición genital— y responde a ellas. En esto no hay perversión, sino un orden natural que regula la especie y asegura la supervivencia.

Incluso allí se ve un respeto que muchas veces falta en los humanos: la hembra animal no teme mostrar su fertilidad porque sabe que no será atacada fuera de tiempo ni violentada contra su voluntad biológica.

El hombre, en cambio, es capaz de manipular su sexualidad de forma destructiva. Viola, compra, engaña, amenaza, explota y cosifica. Busca satisfacer su instinto a toda costa, incluso pasando por encima de la dignidad del otro. El deseo humano no se limita a lo biológico: puede desbordarse en vicios y perversiones cuando no hay control ni sentido ético.

La diferencia es abismal. El animal espera el tiempo de la hembra; el hombre puede forzar, violar y destruir. El animal busca pareja adulta y fértil; el hombre puede llegar al extremo de abusar de niños, un crimen inconcebible que no se encuentra en la naturaleza. El animal actúa para perpetuar la especie; el hombre puede reducir el acto a un simple desahogo egoísta o a un negocio de explotación sexual.

La grandeza del ser humano no está en tener más deseo que el animal, sino en la capacidad de dirigirlo hacia el amor verdadero, la ternura, la entrega y la construcción de vida. Cuando esa capacidad se pervierte, la sexualidad humana deja de ser signo de grandeza y se convierte en marca de degradación. Aquí el hombre muestra hasta dónde puede caer: más bajo que el animal. Porque el animal actúa por instinto, pero el hombre, aun con conciencia y voluntad, puede elegir la violencia y la perversión. Ese descenso no es “natural”: es moral. Nace de una voluntad torcida y de un corazón vacío.

Humanos como animales y animales como humanos

La paradoja se hace visible en nuestras ciudades: hombres y mujeres creados para reinar sobre la creación terminan viviendo de manera degradada, y al mismo tiempo, animales pensados para la intemperie habitan en palacios con lujos que muchos seres humanos jamás conocerán.

Los vicios del alcohol, las drogas y la prostitución, entre otros, han reducido a miles de personas a condiciones infrahumanas: habitantes de calle que comen de la basura, duermen entre cartones y vagan sin rumbo. Allí se muestra lo que ocurre cuando el espíritu se apaga: el corazón se endurece y la persona cae en un abismo donde ya no distingue su propia dignidad.

Y mientras tanto, perros, gatos y otras mascotas disfrutan de comodidades que rozan lo absurdo: mansiones, camas de terciopelo, comidas preparadas por chefs, médicos de cabecera. Criaturas hechas para correr libres en el campo se convierten en pequeños “príncipes” servidos por hombres y mujeres.

Este contraste es un mensaje silencioso que la vida nos grita: cuando el hombre no atiende al llamado interior del espíritu, cuando ignora la voz que lo invita a trascender, su existencia se degrada. Y al mismo tiempo, la creación entera parece recordarle lo que perdió: animales tratados como humanos, mientras muchos humanos viven peor que animales.

Muchos, al escuchar estas comparaciones, podrían excusarse diciendo: “Eso no es para mí, porque nada de eso aplica en mi vida”. Sin embargo, el comportamiento animal también se refleja en la vida de muchos hombres y mujeres del común. Están aquellos que reducen su existencia a un ciclo básico: comer, dormir y entretenerse, cuando ya deberían ser productivos, creativos y responsables con los dones recibidos. Otros viven sin rumbo, siempre disponibles para “donde los inviten”, porque no tienen propósito ni dirección.

Y un desafío cada vez más generalizado es la indiferencia espiritual, un modo de vivir como si Dios no existiera. El animal no siente necesidad de lo eterno, porque no fue creado para ello. Pero el hombre, aun teniendo en su espíritu la capacidad de reconocer al Creador, puede elegir ignorarlo. Esa es una forma de vivir que apaga la sed de eternidad.

Lo que nos hace responsables

El punto decisivo es la libertad y la conciencia moral. El ser humano puede elegir. Esto lo eleva o lo degrada. Cuando la voluntad se apaga o se pervierte, el resultado puede ser peor que lo animal: la crueldad consciente, sistemática, planificada.

Por eso decimos que la “bajeza” humana no es mera falta de fuerza o de instinto: es renuncia a la responsabilidad moral.

No todo agresor es irreparable ni todo acto tiene una única causa. Traumas, abuso, pobreza, entornos violentos, adicciones, déficits emocionales o daños cerebrales pueden empujar a alguien hacia la degradación. Eso explica, no justifica. Hay que distinguir entre comprender causas y justificar actos. La comunidad, la terapia, la educación y la justicia deben actuar para prevenir, reparar y resocializar.

Cierre: la diferencia no es consuelo, es exigencia

Admitir semejanzas en la superficie no sirve como consuelo. Saber que los animales actúan por necesidad debe recordar al hombre su deber: elegir el bien. Si redujéramos la violencia humana a lo “natural”, perderíamos la exigencia ética. En cambio, al reconocer la libertad humana, reafirmamos la obligación moral: formar conciencias, sanar heridas, construir comunidades donde la dignidad humana impida que alguien descienda a la bajeza.

La diferencia entre el instinto animal y la libertad humana no es una excusa, es una llamada. El hombre está llamado a ser más, no menos.

Y por esta razón Jesús decía que el hombre tiene que nacer de nuevo. Porque solo desde esa renovación interior se puede elevar por encima de la bajeza y alcanzar la grandeza para la que fue creado. Lo dijo con toda claridad en su diálogo con Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios… El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te sorprendas de que te haya dicho: Tenéis que nacer de nuevo” (Juan 3,3-7).

El nuevo nacimiento no es un simple cambio de conducta, sino una transformación radical del corazón: pasar de la esclavitud del instinto degradado a la libertad del Espíritu. Solo así el ser humano puede recuperar la imagen de Dios en él y vivir con la nobleza que supera a cualquier animal y que no se reduce a la lógica de la supervivencia, sino que se abre a la plenitud del amor.

Cierre del capítulo

Hemos recorrido un largo camino. Empezamos preguntándonos quiénes somos, y fuimos encontrando respuestas en capas. Somos cuerpo, tomado del polvo de la tierra. Somos alma, donde habitan los pensamientos, las emociones, las decisiones y los amores. Somos espíritu, ese soplo divino que nos abre a Dios. Y estamos llamados a un Reino que no tiene fin, donde la muerte —esa muerte que tanto miedo nos da— se ha vuelto un paso, una puerta, una transformación.

Pero haber hecho este recorrido no basta. Porque el conocimiento que no se vuelve decisión se queda en simple información. Y la información, por sí sola, no cambia a nadie.

Aquí se juega todo. Después de haber visto quiénes somos y hacia dónde vamos, la pregunta inevitable es: ¿voy a avanzar o voy a retroceder? Porque no hay punto medio. Quien se detiene, ya empezó a bajar. Quien no elige crecer, ya eligió menguar.

Este capítulo nos puso delante de un espejo incómodo pero necesario. Nos mostró que se puede tener cuerpo de adulto y alma de niño, que se puede vivir de manera degradada aun teniendo espíritu divino, que se puede pervertir lo más sagrado —la sexualidad, la libertad, la conciencia— hasta caer en la bajeza. Pero también nos mostró que nadie está perdido. Que la chispa del espíritu nunca se apaga del todo. Que siempre se puede nacer de nuevo.

Por eso Jesús no vino a darnos una clase de antropología. Vino a decirnos: “Tienes que nacer de nuevo”. No basta con entender lo que somos; hay que decidir lo que queremos ser. Y esa decisión se toma con la voluntad, iluminada por el espíritu, sostenida por la gracia.

Saber quiénes somos no sirve de nada si no nos lleva a vivir mejor, a amar más, a reconciliarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Saber que estamos llamados al Reino no sirve de nada si nos quedamos sentados en la puerta sin entrar.

El que no avanza, retrocede. Pero el que se levanta, el que elige, el que muere a lo viejo y nace a lo nuevo, ese ha entendido todo.