¿Quién es Dios y quién soy yo?

CAPÍTULO 3: EL CIMIENTO INVISIBLE: ¿EXISTE DIOS O TODO ES UN ESPEJISMO?


PODCAST


El umbral

Este capítulo no es uno más. Hasta aquí has llegado con tu curiosidad, con tu hambre de sentido, quizás con tus heridas a cuestas y con ese diagnóstico espiritual que hicimos en el capítulo anterior aún resonando en tu conciencia. Pero ahora entramos en territorio decisivo.

Te lo comparto con claridad: este es el primer y más importante dilema. Resolverlo bien nos permitirá avanzar con bases sólidas en los temas de fe, porque sería como pretender construir un rascacielos sin haber verificado si existe el suelo bajo nuestros pies. Lo que aquí está en juego no es una opinión religiosa, no es una tradición heredada, no es una pertenencia a un club. Lo que está en juego es si el amor, la verdad y el destino de los que hemos hablado tienen un fundamento real o son solo ilusiones fabricadas por nuestra necesidad de consuelo.

Este capítulo es una oportunidad decisiva para examinar tus convicciones. Una invitación a mirar con honestidad la razón humana frente a la posibilidad de Dios. Si tus bases son sólidas, tu fe se afianzará como nunca. Si encuentras debilidades, este capítulo te ayudará a fortalecerlas, y podrás continuar con mayor seguridad. Lo digo con la honestidad de quien no quiere edificar castillos en el aire, sino cimientos verdaderos.

También voy a ser transparente en esto: los argumentos más poderosos que se han esgrimido contra la existencia de Dios van a ser examinados de frente. No los voy a esconder debajo de la alfombra piadosa. Quiero que puedas salir fortalecido de esa postura de escepticismo estéril, o que, si aún no es tu momento, reconozcas que este camino requiere apertura. Pero si decides seguir, lo harás con los ojos abiertos, no con la fe del que cierra los puños y los ojos al mismo tiempo.

Por eso, antes de sumergirte en estas páginas, te hago una sugerencia delicada pero valiosa: pídele al Espíritu Santo que te ilumine. No necesitas una fórmula mágica. Basta un susurro del corazón: «Si existes, muéstramelo. Dame la lucidez para entender y la humildad para aceptar». Pídeselo aunque no sepas quién es el Espíritu Santo. Pídeselo, aunque lleves años enojado con Dios. Porque estas líneas pueden ser luz para quien tiene hambre, pero también pueden pasar desapercibidas para quien ha decidido de antemano que no quiere ver. Si en tu vida hay hoy más tinieblas que luz, puedes elegir no ver, pero la luz está disponible para ti. Lo digo con claridad, sin rodeos.

Y ahora sí, entremos en materia. Porque la pregunta que nos convoca es, a la vez, la más antigua y la más urgente:

¿Existe Dios o todo es un espejismo?

Los pilares que sostienen la fe

No vamos a responder con emociones ni con tradiciones. Vamos a levantar seis pilares sólidos, columnas que han sostenido la reflexión humana durante milenios y que hoy, a la luz de los descubrimientos más recientes, siguen más firmes que nunca. Esto es solo el comienzo de la argumentación. Aún nos falta mucha carne en el asador.

Primer pilar: la necesidad filosófica de un ser necesario

Antes de hablar de religión, antes de abrir un solo texto sagrado, la razón humana ya se topa con una pregunta que no puede esquivar: ¿por qué existe algo en lugar de nada?

Este interrogante, que el filósofo Gottfried Leibniz formuló con elegancia en el siglo XVII, sigue siendo el aguijón que despierta todo pensamiento profundo. Porque nada en nuestra experiencia tiene la más mínima obligación de existir. Nada.

En filosofía, concretamente en la metafísica, se distingue entre dos tipos de seres, y entender esta distinción es como ponerse las gafas correctas para ver la realidad:

  • Ser Contingente: es aquel que puede no existir. O, dicho de otro modo, aquel que no tiene en sí mismo la razón de su propia existencia. Un ser contingente comenzó a ser en algún momento y, tarde o temprano, dejará de ser. Tú eres contingente. Yo soy contingente. Los animales, los objetos, las estrellas, las galaxias… todo lo que vemos, tocamos y medimos es estrictamente contingente: existe, pero podría no haber existido nunca. Cada uno de nosotros es el resultado de una cadena de causas: nuestros padres, las condiciones biológicas, la historia del planeta, la formación del sol, el Big Bang. Si alguna de esas causas hubiera fallado, sencillamente no estaríamos aquí.
  • Ser Necesario: es aquel que no puede no existir. Su esencia es existir por sí mismo. No depende de nada ni de nadie para ser. No recibió la existencia, simplemente la es. «Yo soy el que soy» (Éxodo 3:14). En la filosofía clásica, especialmente en las vías de Tomás de Aquino, se argumenta que la cadena de seres contingentes no puede extenderse hasta el infinito hacia atrás, porque entonces nunca hubiera comenzado la existencia misma. Tiene que haber un primer eslabón que no sea contingente, una fuente originaria que no necesite ser causada, que sea la causa incausada de todo lo demás. Ese Ser Necesario es, precisamente, lo que llamamos Dios.

Pensemos en una locomotora que arrastra una fila interminable de vagones. Cada vagón se mueve porque el anterior lo arrastra. Si la fila de vagones fuera infinita hacia atrás, nunca habría movimiento, porque ningún vagón puede moverse a sí mismo. Tiene que existir una locomotora, algo con poder propio para iniciar el arrastre. Eso, aplicado a la existencia, es el Ser Necesario.

Una objeción común es: «¿Y quién creó a Dios entonces?». Esta pregunta, en lugar de debilitar el argumento, muestra que no se ha comprendido la distinción. No es «¿quién creó a Dios?», sino que Dios, por definición, es lo único que no necesita ser creado. Si necesitara un creador, entonces sería contingente y no sería Dios, sino un ídolo más grande que nosotros. Lo que la filosofía propone no es un dios más poderoso que los demás seres, sino una realidad de un orden completamente distinto: el Ser que es la fuente del ser, la existencia misma subsistente.

En resumen: lo contingente recibe la existencia; lo necesario es la existencia. Si solo hubiera seres contingentes, nada existiría ahora mismo, porque no habría quién hubiera puesto en marcha el primer eslabón. Pero existimos. Eso apunta a que un Ser Necesario existe.

¿Es esto una «prueba» absoluta? No es una demostración matemática como 2+2=4. Pero es un argumento racional de gran solidez que ha convencido a algunas de las mentes más brillantes de la historia, desde Aristóteles hasta científicos contemporáneos que se han topado, sin buscarlo, con el muro de la contingencia. La razón, cuando es honesta, reconoce que el universo no se explica a sí mismo.

Segundo pilar: la creación habla del creador

Si el primer pilar es filosófico, el segundo es observable, tangible, cuantificable. La creación —desde la inmensidad del cosmos hasta la intimidad de una célula— es un tejido de precisión matemática y belleza asombrosa que apunta a la existencia de una inteligencia superior.

La Biblia lo dice de manera poética pero certera: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1). Y la ciencia moderna, lejos de silenciar ese anuncio, lo ha amplificado con un altavoz ensordecedor.

  1. El Cosmos: Un Orden Infinito

El universo no es un caos. Es una estructura regida por leyes físicas constantes, precisas y universales. Si la fuerza de gravedad variara una fracción infinitesimal, las estrellas jamás se habrían encendido. Si la expansión inicial del Big Bang hubiera sido un poco más lenta, el universo se habría colapsado sobre sí mismo; un poco más rápida, la materia jamás se habría condensado en galaxias. Esto es lo que los científicos llaman el «ajuste fino» del universo, y es tan asombroso que hasta físicos ateos han tenido que admitir que parece un «traje a medida» para que la vida fuera posible.

El astrofísico Fred Hoyle, que era ateo confeso, declaró tras estudiar las resonancias nucleares que permiten la formación del carbono en las estrellas: «Una interpretación de sentido común de los hechos sugiere que un súper intelecto ha jugado con la física, así como con la química y la biología, y que no hay fuerzas ciegas de la naturaleza de las que valga la pena hablar».

Y hay más: estamos hechos literalmente de polvo de estrellas. Los elementos químicos que componen tu cuerpo —el hierro de tu sangre, el calcio de tus huesos, el oxígeno que respiras— se forjaron en el corazón de soles antiguos que explotaron hace miles de millones de años. No es poesía; es astrofísica verificada. Cuando miras al cielo nocturno estás viendo, en cierto modo, tu propio origen material. ¿Es esto casualidad? ¿O es la firma del Creador, que dispuso las leyes para que el cosmos se cocinara a fuego lento hasta poder albergar la vida y, finalmente, a ti?

  1. La Vida: El Milagro de la Información

Pasemos del macrocosmos al microcosmos. La vida es el fenómeno donde la materia se organiza para percibirse a sí misma, para autorreplicarse, para evolucionar. Y lo más desconcertante de la vida es la información que la gobierna.

En el núcleo de cada célula viva reside el ADN, una biblioteca microscópica que contiene las instrucciones precisas para construir y operar un organismo completo. Esta molécula no es solo una cadena química: es un código. Y un código, por definición, implica un codificador. No conocemos un solo caso en toda nuestra experiencia de un código complejo que haya surgido por azar sin la intervención de una inteligencia. El ADN almacena información con una eficiencia que deja en ridículo a todos nuestros sistemas informáticos: una sola gota de sangre contiene más información que miles de libros. En cada una de tus células hay aproximadamente 3.200 millones de pares de letras genéticas. Si los leyeras en voz alta, a velocidad de lectura normal, tardarías casi 100 años en terminar de leer tu propio genoma.

¿De dónde salió esa información? La química ciega no produce códigos. El azar no escribe bibliotecas. La materia inerte, por sí misma, no cobra conciencia ni propósito. Y sin embargo, aquí estamos: materia que se ha organizado para preguntarse por su propio origen.

  1. El Cuerpo Humano: Una Obra Maestra Biológica
    Tu propio cuerpo, ese que te impusieron sin consultarte, es la máquina más sofisticada que conocemos en todo el universo perceptible. No lo menosprecies solo porque lo ves todos los días:
  • El cerebro: con sus aproximadamente 86 mil millones de neuronas y billones de conexiones sinápticas, es el objeto más complejo del universo conocido. En ese kilo y medio de materia late la capacidad de razonar, de enamorarse, de componer sinfonías y de preguntarse por Dios. Es el lugar donde el cosmos se piensa a sí mismo.
    • El corazón: una bomba incansable que late unas 100.000 veces al día, 35 millones de veces al año, sin que tengas que darle la orden conscientemente. Si una bomba industrial tuviera esa durabilidad, la consideraríamos un prodigio de la ingeniería.
    • La regeneración celular: tu cuerpo está en constante flujo. Cada pocos años, prácticamente todos tus átomos han sido reemplazados. La piel que te envuelve se renueva cada mes; el esqueleto, cada diez años. Y sin embargo, tú sigues siendo tú. La identidad no se pierde. ¿Hay algo más allá de la materia que mantiene tu «yo»?

Albert Einstein, cuya mente no era precisamente ingenua, dijo una vez: «Hay dos formas de ver la vida: una es creer que nada es un milagro, la otra es creer que todo lo es». Y añadió: «Quiero saber cómo Dios creó el mundo. No me interesa tal o cual fenómeno; quiero conocer sus pensamientos. El resto son detalles». El científico que desveló la relatividad sabía que detrás del orden inmenso del cosmos hay una mente.

Tercer pilar: la paradoja de los mellizos

Hasta aquí hemos usado la razón filosófica y la evidencia científica. Pero Jesús, el maestro por excelencia, solía utilizar una pedagogía distinta para iluminar lo que la mente humana apenas alcanza a balbucir: historias, parábolas y paradojas. Siguiendo esa misma pedagogía, te invito ahora a sumergirte en una historia que no es un argumento académico, sino un espejo. Una paradoja que te ayudará a comprender, desde otro ángulo, la existencia de Dios frente a las limitaciones humanas.

 

 

Imagina lo siguiente:

Una mujer está embarazada de mellizos. Dos vidas diminutas comparten el mismo espacio cálido y oscuro del vientre materno. Flotan en el mismo líquido, se alimentan del mismo cordón, escuchan los mismos latidos lejanos. Son hermanos. Pero hay algo que los separa radicalmente: uno es ateo y el otro es creyente.

Un día, en la penumbra amniótica, el ateo rompe el silencio:
—Oye, hermano… ¿de verdad crees que hay vida después del parto?

El creyente, sin dudarlo un instante, le responde con firmeza:
—Claro que sí. Por supuesto. Estoy seguro.
El ateo frunce el ceño invisible y contraataca:

—¿Y cómo te imaginas esa supuesta vida?

El creyente se acomoda, como quien va a describir un paisaje que nunca ha visto pero del que lo sabe todo, y dice:
—Habrá mucha luz. Una luz como no podemos imaginar aquí dentro. Seremos libres. El amor será tangible: podremos palpar, tocar y besar a los seres que amamos. Podremos correr con nuestros propios pies, no estaremos flotando sin gravedad como ahora. Utilizaremos nuestra boca para consumir alimentos de verdad, no este cordón umbilical que nos conecta a una fuente que ni siquiera vemos. Seremos completamente libres. Disfrutaremos de toda la creación: el calor del sol, el viento, los colores, los paisajes. Podremos hablar y utilizar todos nuestros sentidos, esos que ahora apenas se están formando y que nos permitirán entrar en contacto con un mundo exterior inmenso.

El ateo suelta una carcajada burlona:

—¡Qué imaginación! ¡Qué ingenuidad! ¿Cómo se te ocurre que todo eso puede ser posible? ¿De dónde sacas semejantes fantasías?
El creyente guarda silencio un momento. Luego responde, con una seguridad que desarma:
—Eso es lo que escucho de mamá todo el tiempo. Ella nos habla de todo lo que te he dicho.
El ateo se queda atónito:
—Espera, espera… o sea, ¿que también crees en «mamá»? ¿La has visto? ¿Has hablado con ella? ¿Existe algo más allá de este espacio que habitamos? ¡Enséñame pruebas!
El creyente responde pausado, pero sin asomo de duda:
—Yo percibo a mamá. La escucho. Sé que estoy dentro de ella. Tengo contacto con ella. No la veo con estos ojos que aún se están formando, pero sé que ella está ahí. Ella me habla —a través de sus latidos, de su voz amortiguada que llega desde fuera, de las caricias que siento cuando presiona su vientre— y yo la escucho. Ella sabe de mí y yo sé de ella.

El ateo vuelve a reír, esta vez con más sarcasmo:
—Te he oído hablar también de que tenemos más hermanos. Dices que hay otros que ya han nacido, que ya han pasado por esto. Y entonces, dime: ¿por qué ninguno de ellos ha regresado a contarnos cómo es esa tal vida de la que hablas? Si son nuestros hermanos, ¿por qué no vienen a visitarnos? ¿Por qué no traen pruebas de ese mundo que tú te has inventado?

El creyente responde con una lógica que, dentro del vientre, suena casi a profecía:

—Porque ellos no pueden retroceder. Salir de esta etapa de vida es avanzar hacia otro mundo, y no hay retroceso. El creador nos diseñó para evolucionar siempre hacia adelante, progresivamente, no para volver atrás. Ellos ya están allí, pero nosotros, por ahora, estamos aquí. Un día iremos donde ellos están. Mientras tanto, confiamos en lo que mamá nos ha dicho.
El ateo niega con la cabeza, convencido de que su hermano delira:
—Pues sigue con tus fantasías y tus sueños ingenuos. Ya te convencerás. El día del parto, ahí termina todo. Nuestra discusión, nuestra existencia, nuestro universo entero. Fuera de este útero no hay nada. La vida es esto y punto.

Y entonces, como no podía ser de otra manera, llegó el día. Llegó el parto.
El útero, ese universo oscuro y limitado que era todo lo que conocían, empezó a contraerse. Las paredes que habían sido su hogar se cerraron sobre ellos, empujándolos hacia un canal estrecho, asfixiante, aterrador. Y en medio de esa convulsión, ambos hermanos atravesaron el umbral.
Sabemos lo que pasó después. Pero dejemos que cada uno saque sus propias conclusiones.

La paradoja está servida.

Dos hermanos, en el mismo vientre, rodeados de la misma evidencia limitada, escuchando la misma voz de la madre, y sin embargo radicalmente divididos ante la realidad que les espera. Uno decide que el parto es el final. El otro decide que el parto es una puerta. Ninguno de los dos puede «demostrar» su postura dentro del vientre. La evidencia completa solo está fuera. Pero la diferencia no está en la evidencia: está en la actitud del corazón.

El creyente confía en la voz de mamá. El ateo exige que mamá se aparezca dentro del vientre, como si la madre pudiera meterse entera en el útero sin destruir a sus hijos con su presencia plena. Sin embargo, ella está. Siempre ha estado. Más cerca que el aire que respiran. Y los hermanos que ya han nacido no regresan, no porque no existan, sino porque el diseño del universo no contempla marcha atrás. Evolucionar es avanzar. Nacer es ir hacia la luz, no retroceder hacia la penumbra amniótica.

¿No será que nosotros, desde este útero que llamamos Tierra, estamos cometiendo exactamente el mismo error?
¿No será que Dios es como esa madre que nos habita, nos sostiene, nos habla a través de la creación y de Su Palabra, pero a quien no podemos meter dentro de nuestra probeta porque Su presencia plena desbordaría los límites de nuestro universo contingente?
¿No será que, como los mellizos, tenemos dos opciones: confiar en la voz del Creador o declarar que el silencio es la única verdad?

Cuarto pilar: ¿por qué existe el mal?

Uno de los argumentos más fuertes del ateísmo gira en torno a la existencia del mal en la tierra. Plantean lo siguiente: si Dios es todopoderoso, ¿por qué no acaba con el mal? Si no lo hace, es porque no puede, y entonces no es todopoderoso. O porque no quiere, y entonces no es tan bueno como dicen. O simplemente porque no existe. Se encierran en este argumento sin dejar espacio para una cuarta opción: que Dios tenga sus razones para permitir que el mal exista.

Si entendemos el libre albedrío, que es uno de los regalos más grandes que el Creador ha dado a sus criaturas, el dilema empieza a resolverse. La libertad permite que usted haga el bien o el mal. Si Dios nos hubiera programado solo para hacer el bien, no tendríamos libre albedrío; seríamos robots mecánicos. No habría un verdadero sentimiento de amor hacia Él, porque vendríamos programados para decir «aleluya» como autómatas. Una de las características que analizaremos más adelante es que fuimos hechos a su imagen y semejanza, y eso implica libertad: tanto para hacer el bien como el mal. Como está escrito: «Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal» (Deuteronomio 30:15).

Dado que Dios deja la posibilidad de que hagamos el mal, es ahí donde cobra peso la justicia. Esta tiene dos categorías principales: la justicia terrenal y la justicia celestial. La justicia terrenal, cuando no es corrupta, se encarga de castigar el mal, y la misma vida o sociedad se encargan de premiar el bien. Como bien lo dice la Escritura: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará» (Gálatas 6:7). Esta ley de siembra y cosecha está entrelazada con la existencia misma. Dios, en su sabiduría, estableció los mecanismos para que la misma vida y la sociedad premien o castiguen a los hombres según sus actuaciones.

El mal como herramienta necesaria (en sentido funcional)
Aunque pueda sonar provocador, observemos la naturaleza: los buitres, conocidos como gallinazos, aunque tienen un aspecto desagradable y una dieta carroñera, cumplen una labor importante: limpiar la tierra de cadáveres descompuestos que serían un foco de contagio. De manera análoga, el mal —sin ser deseable— puede ser usado por Dios para cumplir propósitos de limpieza, juicio o purificación, siempre dentro de su soberanía.

En el libro de Job podemos ver cómo Dios permite al Adversario una labor de prueba que lleva a perfección a uno de sus hijos. «Un día acudieron a presentarse delante del Señor los hijos de Dios, y entre ellos vino también Satanás. Y dijo el Señor a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo Satanás al Señor, dijo: De rodear la tierra y de andar por ella. Y el Señor dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Respondiendo Satanás al Señor, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? La obra de sus manos has bendecido, y sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no te maldice en tu rostro. Dijo el Señor a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no extiendas tu mano contra él. Y salió Satanás de delante del Señor» (Job 1:6-12).

La pureza de Dios y el uso de instrumentos

La Escritura afirma que Dios no puede hacer el mal porque su naturaleza es absolutamente santa: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1:13). Por lo tanto, si el mal debe cumplir una función dentro de su plan —como la purificación, la prueba, el castigo justo o el despertar del alma—, Él no lo ejecuta directamente. En su lugar, utiliza instrumentos. Así como un rey justo no empuña personalmente la espada contra el criminal, sino que establece jueces y autoridades, Dios ha dispuesto agentes que cumplen esa función.

La analogía de los jueces y las cárceles es útil: el Estado no odia al criminal ni se deleita en su sufrimiento, pero necesita jueces que sentencien y cárceles que priven de libertad para mantener la justicia. De la misma manera, Dios permite que haya instrumentos que ejecuten el mal necesario dentro de los límites que Él ha trazado. La Escritura lo confirma: «Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas… porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo» (Romanos 13:1-4). La autoridad terrenal, aun sin saberlo, es «servidor de Dios» cuando castiga el mal.

En el caso de Job, Satanás necesitó permiso explícito antes de tocar al patriarca. No actuó por su cuenta; fue Dios quien puso a Job sobre la mesa y quien estableció los límites: «solamente no extiendas tu mano contra él». El Adversario hizo el trabajo sucio, pero Dios estaba en control absoluto de la situación. El mal que Job sufrió no fue un capricho sin propósito, sino una herramienta en manos del Alfarero.

En el evangelio de Lucas encontramos un caso similar. Jesús le dice a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:31-32). El Adversario pide permiso para ayudar en la perfección de los apóstoles que posteriormente transformaron el mundo. En este caso concreto, el diablo está siendo un instrumento útil para ayudar en la perfección de los hijos de Dios.

Otros casos bíblicos donde Dios usa el mal
La Biblia ofrece ejemplos donde el Altísimo toma el mal, lo pone bajo su control y lo convierte en un instrumento para cumplir sus propósitos. No como autor, sino como soberano que lo redirige.

En José y sus hermanos: «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener con vida a mucho pueblo» (Génesis 50:20). Lo que fue un acto de envidia y maldad humana, Dios lo usó para salvar de la hambruna a Egipto y a su propia familia.

En el libro de Jueces: «Y la ira del Señor se encendió contra Israel, y los entregó en manos de saqueadores que los despojaron» (Jueces 2:14). Dios usó a naciones enemigas para disciplinar a su pueblo.

Ninguno de estos pasajes enseña que Dios sea el autor del pecado o que se complazca en el sufrimiento. Pero sí enseña que el mal no está fuera de su control. Nada escapa de sus manos, ni siquiera la maldad. Y en todos los casos, el propósito final es la restauración, la purificación o la salvación. Como escribió Pablo: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28).

La paradoja divina: Dios, en su absoluta santidad, no ejecuta el mal directamente, porque el mal es contrario a su naturaleza. Sin embargo, dentro de los límites de su sabiduría y soberanía, permite que agentes libres —humanos o espirituales— obren el mal, y Él, sin ser su autor, lo redirige para cumplir propósitos mayores de justicia, purificación o restauración. Así como un cirujano no causa la enfermedad, pero usa el bisturí que corta para sanar, Dios permite el mal controlado para extraer un bien mayor. La perfección de sus hijos, la purificación, el castigo justo o el despertar de una conciencia dormida. El libre albedrío humano produce el mal, pero Dios es tan sabio que toma ese mismo mal y lo convierte en instrumento de su propósito.

Quinto pilar: el ensayo de la eternidad: dormir, despertar, morir y resucitar

Una de las facultades más destacadas del alma humana es la conciencia. No solo la conciencia moral, sino una conciencia más amplia, capaz de leer la realidad y percibir que muchos acontecimientos de esta vida son una pequeña muestra de lo que ocurrirá más allá. Hay un principio espiritual: lo visible es reflejo de lo invisible; lo temporal, ensayo de lo eterno.

Jesús usaba con frecuencia una frase que sigue desafiándonos: «El que tiene oídos para oír, oiga» (Mateo 11:15). No se refería al oído físico, sino al oído espiritual, esa capacidad interior de captar lo que está más allá de las palabras. Existen órganos con una doble función: los oídos físicos y los oídos espirituales, los ojos físicos y los ojos espirituales. Nada es plano; todo tiene profundidad para quien aprende a mirar.

Dormir es morir un poco

Cada noche nos desconectamos por completo de este mundo consciente. Perdemos la noción del tiempo, del espacio, de nosotros mismos. Dejamos de controlar. Nos entregamos a una inconsciencia temporal que, vista desde fuera, se parece inquietantemente a la muerte. No en vano, en muchas culturas y en la misma Escritura, el sueño es usado como metáfora de la muerte.

La Biblia enseña que los que murieron están dormidos. No es un sueño de aniquilación, sino un sueño que implica el desalojo del cuerpo: el alma y el espíritu siguen vivos, guardados, en espera. Jesús mismo lo dijo: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy para despertarle… Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto» (Juan 11:11-14). Cada noche, al dormir, ensayamos esa primera muerte; nos abandonamos en brazos de una oscuridad transitoria, confiando en que habrá un despertar.

Despertar es resucitar un poco

Cada mañana, al abrir los ojos, volvemos de la inconsciencia al mundo de los vivos. Recuperamos la conciencia, la identidad, la relación con lo que nos rodea. Ese ciclo diario es un recordatorio inscrito en la biología misma: así como hoy despertaste de un sueño breve, un día despertarás de un sueño más largo. La resurrección está sugerida en la naturaleza, en el sol que vuelve cada amanecer, en la semilla que muere y luego brota. Pablo lo explicó: «Necio, lo que tú siembras no se vivifica si no muere antes. Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo… pero Dios le da el cuerpo como él quiso» (1 Corintios 15:35-38). Lo que parece podrido y muerto lleva dentro una vida latente que solo necesita ser llamada a salir.

Morir es morir un poco: la primera y la segunda muerte
La Escritura habla de una primera muerte —la física— y de una segunda muerte. «Pero los cobardes e incrédulos… tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda» (Apocalipsis 21:8). Y añade: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre estos» (Apocalipsis 20:6). La primera muerte es solo un tránsito. La segunda muerte —la separación definitiva del Creador— es la que hay que evitar. Quien ha nacido dos veces —la primera del vientre materno, la segunda del espíritu— solo muere una vez. Este tema se ampliará más adelante.

La justicia terrenal como ensayo de la justicia divina
La justicia terrenal, con todas sus imperfecciones, es un reflejo de la justicia que vendrá. Cuando un juez dicta sentencia, se está representando en miniatura lo que ocurrirá ante el tribunal celestial. Pero esa justicia falla. Demasiadas veces el culpable queda libre y el inocente paga. Es ahí donde cobra peso la promesa de una justicia que no falla. Como escribió el sabio: «Todo lo he visto en los días de mi vanidad: justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días» (Eclesiastés 7:15). Pero eso no es el cierre de la historia; es solo un capítulo.

El sermón de las bienaventuranzas y la inversión de valores
Jesús dejó claro que las desigualdades de esta tierra serán revertidas en el reino venidero: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados» (Mateo 5:3-6)…

Y remató: «Pero muchos primeros serán últimos, y los últimos, primeros» (Mateo 19:30). Esa frase no es un consuelo barato; es una advertencia para quien acumula en la tierra sin mirar al cielo, y una esperanza para quien sufre sin haber hecho mal.

Vivir con los ojos abiertos

Si dormir es un ensayo de la muerte, y despertar un ensayo de la resurrección, y la justicia terrenal un ensayo del juicio venidero, entonces cada día es una oportunidad para vivir con los ojos abiertos. Cada noche, al entregarnos al sueño, podemos recordar que no somos dueños absolutos de nuestra existencia: dependemos de Alguien que cierra nuestros ojos y puede volver a abrirlos. Esta conciencia no es para paralizarnos de miedo, sino para despertarnos de la ilusión de que esta vida lo es todo. Quien entiende que lo terrenal es ensayo de lo eterno, vive distinto. No se desespera cuando la justicia terrenal falla, porque sabe que hay otra. No teme a la muerte como un final absoluto, porque la ha ensayado miles de veces al dormir. Y sobre todo, aprende a oír con el oído espiritual y a ver con los ojos del alma. Como dijo el Señor: «El que tiene oídos para oír, oiga»

La evidencia de la resurrección de Jesús

La resurrección de Jesús es el despertar definitivo, la prueba de que el ensayo tiene una obra final. No se trata de una metáfora bonita. La tumba vacía y las apariciones del Resucitado son el eje sobre el cual gira la fe cristiana. Los evangelios mencionan la tumba vacía y múltiples apariciones: María Magdalena, los discípulos de Emaús, Pedro, los Doce, y más adelante «apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen» (1 Corintios 15:6). Un testimonio consignado por escrito cuando aún vivían la mayoría de los testigos.

La transformación radical de los apóstoles: antes de la crucifixión huyeron atemorizados; después predicaron con valor y sabiduría indetenible, enfrentaron cárceles y martirios. Nadie muere por lo que sabe que es un invento. Ellos vieron a Alguien, y ese encuentro los rehízo de raíz.

También el detalle sorprendente de Mateo: «y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos» (Mateo 27:52-53). Es un pasaje que no suele predicarse, pero está ahí como un eco anticipado de nuestra propia resurrección. Si el despertar del Señor arrastró consigo a otros que dormían, ¿qué no hará cuando vuelva definitivamente?

Los mismos sacerdotes y fariseos, que pidieron una guardia para el sepulcro, terminaron difundiendo la versión de que los discípulos robaron el cuerpo (Mateo 28:11-15). Es decir, acusaron a un grupo de pescadores aterrorizados de vencer a una guardia romana. El argumento se cae por sí solo, pero demuestra que los enemigos de Jesús no negaban la tumba vacía; intentaban explicarla de otro modo.

Pablo escribió: «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:20-22). La resurrección del Señor es la garantía de la nuestra.

La división del calendario en antes y después de Cristo. Aunque los hombres discutan sus fechas exactas, el mundo mide su historia a partir de ese nacimiento. Un carpintero de Nazaret partió el tiempo en dos. Su resurrección es el verdadero eje, porque sin ella habría sido un maestro más, otro mártir olvidado. Pero Él no se quedó en la tumba.

Así que, si salir del vientre es resucitar un poco, si despertar cada mañana es un ensayo de la resurrección, la tumba vacía de Jerusalén es la confirmación de que el ensayo no termina en teatro. Hay una obra final, un despertar definitivo. Y como Él resucitó, nosotros también resucitaremos.

Sexto pilar: no puedo creer en un dios inferior a mí: el inferior yo lo estudio y lo domino. el superior me estudia y me domina

¿Qué hace que Dios sea Dios? La superioridad sobre el adorador
Hablar de Dios no es hablar de cualquier cosa. La palabra misma implica prioridad, grandeza, superioridad absoluta. No tendría sentido tener como Dios a un ser inferior a mí. El Dios que tuvo que hacerse hombre para acercarse a nosotros se enfrenta ahora al hombre que quiere tener un dios a su medida, domesticado, que quepa en su mente y pase la prueba de su laboratorio.

La ciencia, con todos sus méritos, solo acepta aquello que puede ser comprobado experimentalmente. Pero si yo pudiera meter a Dios en un laboratorio, entonces el dios sería yo, no Él. Porque quien examina, controla y somete a prueba es siempre superior a lo examinado. Dios, por definición, es infinitamente superior a sus criaturas. Eso es lo que lo hace ser Dios: que está más allá de mí, más allá de mi comprensión total, más allá de mis herramientas.

Los falsos dioses de la naturaleza

Muchas culturas han tenido como dios un río, una montaña o un árbol. Pero el árbol es ampliamente superado por el hombre: estudiando agronomía puedo conocerlo mejor de lo que él se conoce a sí mismo, puedo sembrarlo, podarlo, injertarlo, trasplantarlo, incluso talarlo. No puede ser mi Dios algo que yo pueda manipular de esa manera. Someto al árbol; por tanto, no es mi dios.

Lo mismo ocurre con los animales. Estudiando veterinaria, puedo saber más de ese animal de lo que su propio instinto le dicta. Puedo domesticarlo, alimentarlo, encerrarlo. Muy posiblemente, los animales ven a los humanos como seres superiores. Pero si en el reino animal existiera la fe en una deidad, no sería en un río o en un árbol; sería en alguien superior a ellos.

Endiosar a un humano

Muchas culturas endiosaron personajes destacados, como faraones o emperadores. Pero tampoco cabe endiosar a un ser que tiene mi misma naturaleza, porque este también puede ser sometido a estudio. El ser humano puede ser dominado y estudiado por otros humanos: su cuerpo, su mente, sus emociones, sus límites. Si es como yo, no es mi Dios.

 

Por encima de los humanos están los ángeles

Los ángeles son seres superiores a la naturaleza humana: no están sujetos a la materia como nosotros. Tienen características más avanzadas. ¿Califican para ser adorados? La respuesta es no, y son ellos mismos los primeros en rechazarlo. En el Antiguo Testamento, la ley fue tajante: «No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen… No te inclinarás a ellas» (Éxodo 20:3-5). En el Nuevo Testamento, el apóstol Juan intentó postrarse ante un ángel y este lo detuvo: «Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo… Adora a Dios» (Apocalipsis 22:9). Los ángeles buenos nunca se dejaron adorar. Los que sí buscaron ser como Dios fueron expulsados.

La naturaleza Divina: el único Dios verdadero

Por encima de la naturaleza angelical está la naturaleza Divina. A esta solo pertenecen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Los ángeles lo adoran, lo sirven, le rinden cuentas. Este es el Dios que la teología nos invita a reconocer: el Creador de todo lo que existe, omnisciente, omnipresente y omnipotente. Pero no es un Dios de poder frío y distante. Sus cualidades más destacadas son la justicia, el amor, la verdad y la libertad.

Y aquí viene lo más asombroso. Esas mismas cualidades están en los humanos en un grado inferior, como una semilla. Fuimos hechos a su imagen y semejanza, lo que significa que tenemos un poco de todo lo que Él es, aunque con limitaciones. Pero en la medida en que somos transformados por su poder, esas cualidades crecen. El árbol no tiene sed de justicia; el animal no busca la verdad; el ángel no necesita ser perfeccionado en amor; el humano sí. Y esa hambre es la prueba de que fuimos diseñados para algo más grande. Somos la única criatura que puede llegar a parecerse al Creador, no por evolución biológica, sino por transformación espiritual. Un Dios que se hace hombre para que el hombre pueda, sin dejar de ser hombre, participar de la naturaleza divina. No como dioses falsos, sino como hijos que se parecen a su Padre.

Hasta aquí hemos tendido los cimientos. Abordamos las objeciones, miramos de frente la existencia del mal, la justicia humana como ensayo de la divina, la muerte y la resurrección, y nos detuvimos ante la pregunta inevitable: ¿qué hace que Dios sea Dios? Más adelante, cuando entremos de lleno en el monoteísmo puro, desplegaremos este misterio desde sus grandes ramas: la teología propia, la cristología y la pneumatología. Porque no basta con saber que Dios existe; hace falta conocer quién es, cómo es y cómo se relaciona con nosotros. Ese terreno nos espera.

La apuesta de pascal

«Vivir como si Dios existiera es la mejor decisión financiera y espiritual posible, pues se trata de un juego con ganancias infinitas y pérdidas nulas.»

Si analizamos la creencia en Dios como una inversión o una apuesta, se presentan cuatro escenarios posibles:

  1. Si eliges creer en Dios (vives como cristiano):
  • Y Dios existe: Lo ganas absolutamente todo (salvación, felicidad eterna y trascendencia). Ganancia: Infinita.
    • Y Dios no existe: No pierdes nada. Habrás vivido una vida con valores, en paz comunitaria y con un propósito, y al morir simplemente no pasará nada. Pérdida: Cero.
  1. Si eliges NO creer en Dios (vives como ateo):

Y Dios existe: Lo pierdes todo (la oportunidad de la vida eterna). Pérdida: Infinita.

Y Dios no existe: No ganas nada extra. Tuviste una vida terrenal igual de finita que el creyente, y el resultado final (la nada) es exactamente el mismo. Ganancia: Cero.

 

Cuadro Comparativo de Beneficios

Decisión

Si Dios EXISTE

Si Dios NO EXISTE

Creer (Cristiano)

Ganancia Infinita (Cielo)

Neutral (Viviste bien, fin de la historia)

No Creer (Ateo)

Pérdida Infinita

Neutral (Fin de la historia)

Conclusión: La razón dicta que la única opción lógicamente rentable es apostar por la existencia de Dios. Si aciertas, lo ganas todo; si te equivocas, no pierdes nada.