¿Quién es Dios y quién soy yo?

PODCAST

CAPÍTULO 5: EL QUINTO REINO: EL REINO DE LOS CIELOS

Hemos recorrido los cuatro reinos: el mineral, materia sin vida; el vegetal, materia con vida, pero sin movimiento; el animal, que suma instinto y emociones; y el humano, que además de todo eso tiene espíritu. En cada escalón vemos la misma ley: el reino inferior vive en el superior cuando se entrega, cuando muere a sí mismo para transformarse en algo más alto. La semilla muere para ser planta; la planta muere para alimentar al animal; el animal muere para que su carne se vuelva carne humana.

Pero el proceso continúa. Hay un quinto reino. El que está por encima de lo humano. El reino que responde a la pregunta que todos llevamos dentro: ¿y después de la muerte, qué?

Un reino que no es de este mundo, pero ya está entre nosotros

El Reino de los Cielos no es un lugar que podamos señalar en un mapa. No queda arriba en las nubes ni está escondido en alguna galaxia lejana. Es una dimensión superior de existencia, un modo de vida donde todo lo que aquí está roto, allá está entero. Donde lo que aquí es pasajero, allá es eterno.

Jesús lo dijo clarito: “El Reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17,21). No es solo un destino para después de muertos; es una realidad que ya puede irrumpir en esta vida, aunque todavía no la veamos en plenitud.

La característica principal de este reino es que está por encima de la materia. Por eso allí no hay corrupción, no hay muerte, no hay desgaste. Si en el reino animal domina el instinto y en el humano la razón y la libertad, en el Reino de los Cielos lo que reina es la vida plena de Dios: luz, justicia, paz, amor, verdad. Es el lugar donde la criatura se encuentra con su Creador sin barreras. Es el ámbito donde, por la participación del Espíritu Santo, los humanos somos hechos “hijos adoptivos de Dios”. San Atanasio de Alejandría lo expresó con una palabra que estremece: “Por el Espíritu Santo participamos de Dios… Por la participación del Espíritu venimos a ser partícipes de la naturaleza divina… Por eso, aquellos en quienes habita el Espíritu están divinizados”. No es que nos volvamos dioses; es que Dios nos hace participar de su propia vida, nos eleva a una condición que incluso roza lo angelical.

Y aquí viene algo fascinante. Los ángeles, que son seres espirituales, inmateriales, pueden materializarse cuando Dios lo dispone. La Biblia lo muestra en varias ocasiones: en Génesis, cuando los ángeles visitan a Abraham y comen con él; en Josué, cuando el ángel del Señor se presenta como un guerrero. Esto nos da una pista de cómo funciona el Reino Superior: lo inmaterial puede hacerse presente en lo material, lo invisible puede volverse visible, lo eterno puede tocar lo temporal. Es un anticipo de lo que estamos llamados a vivir.

San Pablo lo resume con una frase contundente: “El Reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Corintios 4,20). Allí no se habla de Dios; se lo ve. No se cree en Él; se lo experimenta. Y ese poder ya se manifiesta en esta tierra en señales: sanidades, milagros, liberaciones. Son como destellos del Reino que ya está entre nosotros.

La ley que no falla: morir para vivir

Y aquí retomamos la ley que hemos visto funcionar en todos los reinos. Cada vez que un reino inferior pasa al superior, hay una muerte de por medio. La semilla muere para volverse planta. La planta muere para alimentar al animal. El animal muere para que su carne se vuelva carne humana. Esa es la ley que Dios puso en la creación: la vida avanza a través de entregas. El reino inferior, para ascender al superior, debe morir, debe transformarse.

Con el Reino de los Cielos pasa exactamente igual. Para vivir en él, hay que morir. Pero aquí la cosa se vuelve más profunda, porque nosotros tenemos dos dimensiones: la física y la espiritual.

La doble vía: muerte inconsciente y muerte consciente

En los reinos anteriores, la muerte que permite el paso al reino superior es una muerte inconsciente. La semilla no elige morir; simplemente cumple su ciclo. La planta no decide entregarse; es tomada como alimento. El animal no hace un acto de voluntad al ser sacrificado; es parte del orden natural. Es una muerte que sucede sin que la criatura tenga conciencia de ello.

Pero con el ser humano la cosa cambia radicalmente. Porque nosotros tenemos espíritu, tenemos conciencia, tenemos libre albedrío. Y por eso, para nosotros, hay dos tipos de muerte que abren dos dimensiones distintas del Reino.

La primera es la muerte física. Esa es inevitable y nos llega a todos, creyentes o no. El polvo vuelve a la tierra y el espíritu vuelve a Dios que lo dio. Es el tránsito natural de toda criatura. Pero esa muerte física, por sí sola, no basta para garantizar la entrada en la plenitud del Reino Celestial. Porque uno puede estar físicamente vivo pero espiritualmente desconectado, y entonces la muerte física no lo llevará a la plenitud.

La segunda es la muerte espiritual al pecado. Esta es una muerte consciente, voluntaria, elegida. Aquí no se trata de que nos mueran, sino de morir nosotros: morir al orgullo, a la envidia, al rencor, a la codicia, a los deseos egoístas, a todo lo que nos aparta de Dios. Es un acto de la voluntad, iluminada por el espíritu, que decide entregarse para transformarse.

Esta distinción es fundamental: en los reinos inferiores, la muerte que lleva al reino superior es inconsciente. En el ser humano, la muerte que lleva al Reino Celestial puede ser consciente. Podemos elegirla. Y esa elección es la que marca la diferencia entre una eternidad vacía y una eternidad plena.

San Pablo lo explica con claridad: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él. Porque Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no tiene dominio sobre Él. Así también ustedes: considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús” (Romanos 6,8-11).

Esto es lo que Jesús llamó “nacer de nuevo”. Cuando Nicodemo, un maestro de la ley, le preguntó cómo podía un hombre viejo volver al vientre de su madre, Jesús le respondió: “De cierto te digo que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3,5). No le hablaba de un nacimiento físico, sino de una transformación espiritual. Una muerte a lo viejo y un nacimiento a lo nuevo.

La gran paradoja: la divinidad también muere

Y aquí es donde el misterio se vuelve sobrecogedor. Porque la doble vía no solo funciona de abajo hacia arriba. También funciona de arriba hacia abajo.

El ser humano, si muere conscientemente a sus deseos egoístas, pasa a vivir en el Reino Celestial. Esa es la vía ascendente. Pero al mismo tiempo, y esta es la paradoja central de la fe cristiana, la divinidad decide descender. Dios, que habita en el Reino Superior, elige bajar al reino humano. Se encarna. Vive en nosotros. Y no solo eso: al igual que el humano muere a su pecado para ascender, la divinidad muere también para habitar en el humano.

Jesucristo es la prueba viviente de esta paradoja. Él, siendo Dios, se hizo carne. Se hizo materia. Se hizo uno de nosotros. Y murió. La divinidad probó la muerte para que la humanidad pudiera probar la vida eterna. Así, nuestros cuerpos —este mismo cuerpo de polvo y barro— se convierten en templos del Espíritu. Lo divino se hace visible en lo humano. El Reino Superior se instala en el reino inferior para que el reino inferior pueda ser elevado al Superior.

Esto no es teoría bonita; es el corazón mismo del evangelio. Dios se hace hombre para que el hombre pueda volver a Dios. El Verbo se encarna para que nosotros podamos ser divinizados. La barrera se rompe desde los dos lados: el hombre asciende muriendo a su pecado, y Dios desciende muriendo en la cruz.

La frase al revés: Jesús, el hombre que sí supo

Al comienzo de este libro recordamos la frase de Facundo Cabral: “Cosa extraña es el hombre: nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere”. Es verdad: nosotros no pedimos nacer, a veces nos cuesta entender la vida, y cuando la muerte toca la puerta, tendemos a evitarla.

Pero con Jesús la cosa es al revés. Jesús no fue un hombre más atrapado en la extrañeza de existir. Él sí pidió nacer. No fue arrojado al mundo sin consulta; vino porque quiso. La carta a los Hebreos lo dice poniendo en su boca las palabras del salmo: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10,7). Su nacimiento en Belén no fue un accidente biológico; fue un acto de obediencia y de amor. Él eligió nacer.

Jesús sí supo vivir. No anduvo a tientas, no malgastó sus días, no se distrajo en lo efímero. Cada jornada de su vida fue una entrega consciente, un paso firme hacia la meta. Supo vivir porque supo para qué vivía: para revelar al Padre, para servir, para salvar. Su vida no fue un ensayo ni una improvisación; fue una misión cumplida.

Y Jesús sí quiso morir. No fue una muerte que le sobrevino, que lo agarró desprevenido, que lo arrancó a la fuerza de la vida. Él mismo lo declaró: “Nadie me quita la vida, sino que yo la pongo por mí mismo” (Juan 10,18). Jesús no fue víctima pasiva de la muerte; fue dueño de su entrega. Quiso morir porque sabía que su muerte era el paso necesario para la vida del mundo.

Aquí se invierte completamente la mirada de Cabral. Jesús pide nacer, sabe vivir y quiere morir. Y ese movimiento invertido es justamente el que nos invita a seguir. Porque cuando uno muere con Él —muere a su pecado, a su soberbia, a su vida vieja—, entonces nace de nuevo. Y ya no es un hombre que no pidió nacer, sino un hombre que ha nacido dos veces: la primera del vientre materno, la segunda del agua y del Espíritu. Ya no es alguien que no sabe vivir, sino alguien que ha aprendido que vivir es Cristo. Y ya no es alguien que no quiere morir, sino alguien que puede decir con Pablo: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Filipenses 1,21).

La doble vida: anticipar el cielo en la tierra

Cuando uno nace de nuevo, empieza a vivir una doble vida. No en el sentido falso de la hipocresía, sino en el sentido más profundo y verdadero. Tiene su vida física, con sus trabajos, sus comidas, sus sueños, sus  relaciones… la vida material terrenal,. Pero al mismo tiempo tiene una vida espiritual, escondida con Cristo en Dios.

Esta doble vida no es automática ni es para todos. Es un llamado. Jesús lo dijo: “El que no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios” (Juan 3,3). No es una imposición; es una invitación. El que acepta, entra en una dimensión nueva de existencia. Y lo asombroso es que esta doble vida se puede vivir ya, aquí, en este mismo cuerpo.

Porque el cuerpo material no es el que manda. Uno puede tener este mismo cuerpo y elegir vivir de manera limitada, reduciendo la existencia a lo instintivo, a lo pasajero, a lo que se acaba. O puede elegir vivir anticipando en esta tierra lo que será la vida en el cielo. La diferencia no la hace el cuerpo; la hace la decisión de la voluntad, iluminada por el espíritu.

El creyente vive de otra manera. No porque sea mejor que nadie, sino porque ve más allá de la tumba. Sabe que su muerte no es el final, sino un paso. Y esa certeza no lo evade de la realidad; al contrario, lo mete más adentro, pero con una esperanza que transforma cada cosa que hace. Como dijo Pablo, para esta persona el morir ya no es una tragedia, sino una ganancia. Y mientras tanto, vive la doble vida: con los pies en la tierra pero con el corazón en el cielo, esperando con ilusión la plenitud de la vida eterna, y llevando esa luz a sus acciones cotidianas.

Los sentidos del espíritu

Esa anticipación no es algo vago o puramente sentimental. Tiene canales concretos. Así como el cuerpo tiene cinco sentidos para relacionarse con el mundo material, el espíritu tiene sus propios sentidos para relacionarse con el Reino Celestial. Y curiosamente, se expresan a través de los mismos órganos del cuerpo, pero potenciados por la gracia.

Con la boca oramos y confesamos la fe: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10,10). La lengua tiene poder de vida o muerte: “La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18,21). Con las manos imponemos a los enfermos, como prometió Jesús: “Sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16,18). Y con los ojos, ungidos por el Espíritu, podemos ver lo que el ojo natural no alcanza: “Unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apocalipsis 3,18).

Estos sentidos espirituales no se desarrollan de un día para otro. Requieren conversión, pureza de corazón, apertura al Espíritu Santo. Y cada quien los desarrolla en la medida en que se deja trabajar por Dios.

La comunicación con el cielo

Así como el animal puede convivir con el hombre pero no hay comunicación plena entre ellos porque el lenguaje del hombre supera al del animal, de manera parecida el humano puede vivir en el Reino de los Cielos pero la comunicación con Dios no es todavía perfecta.

Nosotros podemos hablar con Dios con toda claridad. La oración nos permite expresarle lo que sentimos, lo que necesitamos, lo que agradecemos. Pero la respuesta de Dios no siempre la escuchamos con nitidez. No porque Dios no hable, sino porque nuestro oído espiritual no está del todo abierto.

Hace falta cultivar ciertas condiciones: el silencio interior, la contemplación, la fe, la pureza de corazón. Por eso Jesús repetía tanto: “El que tenga oídos, que oiga” (Mateo 11,15). Dios habla; el desafío es que a veces no estamos en sintonía.

Pero podemos crecer en esa sintonía. Y aunque en esta vida la comunicación siga siendo limitada —como un espejo que refleja confusamente—, la promesa es que un día será plena. Un día veremos cara a cara.

Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera volver a Dios

Justamente por esa dificultad de comunicación, Dios decidió hacer algo impensable: se hizo hombre. El Verbo se encarnó. El Reino Superior descendió al reino humano para que el humano pudiera ascender al Reino Superior.

Jesucristo es el puente. En Él, Dios nos habló en nuestro propio idioma, con palabras que podemos entender, con gestos que podemos imitar, con un amor que podemos tocar. Nos dejó un mensaje claro, nos mostró el poder del Reino con milagros y señales, y sobre todo nos dio instrucciones precisas para la misión.

El momento cumbre de ese descenso fue la cruz. Y allí ocurrió algo que lo cambió todo: “El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mateo 27,51). Ese velo separaba el lugar santo del lugar santísimo, donde solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año. Al rasgarse de arriba abajo —es decir, desde el cielo hacia la tierra—, Dios estaba diciendo: “Se acabó la separación. La barrera entre lo humano y lo divino ha sido derribada. Ahora cualquiera puede entrar. El camino está abierto”.

Desde entonces, estando todavía en este cuerpo, podemos vivir ya en el Reino Superior. Con limitaciones, sí, porque el lenguaje humano es limitado para expresar lo divino y el oído humano necesita entrenarse para lo celestial. Pero tenemos una guía clara: las enseñanzas de Jesús y la presencia del Espíritu Santo. No caminamos a oscuras.

La esperanza que no defrauda

Mientras caminamos por este mundo, la vida del Reino de los Cielos es una experiencia parcial pero real. Podemos hablar con Dios con libertad. Podemos escuchar su voz si afinamos el oído. Podemos experimentar su poder, su paz, su amor. Pero esto es solo un anticipo.

El día en que la muerte física nos abra la puerta definitiva, lo parcial se volverá total. Lo que ahora vemos borroso lo veremos con claridad. Lo que ahora experimentamos a ratos lo viviremos sin interrupción.

San Pablo lo expresó con palabras que han consolado a millones: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera parcial; entonces conoceré plenamente, como soy conocido” (1 Corintios 13,12).

El Reino Celestial no es un consuelo barato para los que sufren. Es una promesa firme, una realidad más sólida que todo lo que tocan nuestras manos. Allí lo mortal se reviste de inmortalidad. Allí la justicia que tanto anhelamos se hace plena. Allí la paz no se pierde nunca. Allí el amor no se gasta ni se traiciona.

Es nuestro destino. Y también, si nacemos de nuevo, es ya nuestro presente. Porque el Reino de los Cielos no es solo el final del camino; es el camino mismo, cuando se recorre con Cristo.

Pero recorrer ese camino con Cristo no es automático. No basta con saber que el Reino existe ni con entender que estamos hechos de cuerpo, alma y espíritu. Hay que decidir caminar hacia él. Y aquí aparece una ley espiritual ineludible, tejida en la misma creación: el que no avanza, retrocede. Porque en lo humano, detenerse no existe.